Miguel GARCÍA GARCÍA (03/02/1908, Archena). La familia emigró a Cataluña cuando Miguel era sólo un niño. El padre, militante anarquista, falleció cuando Miguel tenía 11 años. Empezó a trabajar con esa edad en una fábrica de vidrio y años más tarde se dedicó a la venta de periódicos en la calle. La militancia dentro del movimiento libertario fue muy temprana, en 1922, con tan solo 14 años. Desde entonces toda su vida giró en torno a su compromiso con los ideales de la organización y con los problemas derivados del mismo. Su primera acción estuvo relacionada con las huelgas de los repartidores de periódicos y con la represión posterior, por la que se vio obligado a exiliarse a Francia, a Perpignan. Tiempo después regresó a España, con una breve estancia, porque en 1926 se volvió a exiliar, residiendo temporalmente en París. Entonces ya formaba parte de los grupos de acción contra la dictadura de Primo de Rivera. Durante el tiempo que estuvo en España aprendió el oficio de tipógrafo que años después resultará fundamental. Su alias era “Miguel Ferrer”[1].

Retomó la actividad en julio de 1936, tras el Golpe de Estado fascista, participando en el asalto de armerías y el sitio de los cuarteles. Después se incorporó al frente, estuvo casi toda la guerra en el frente de Madrid. Cuando entraron las tropas franquistas huyó a Valencia. En cuanto pudo regresó a Barcelona, donde estaba la familia. Allí fue detenido. Estuvo internado hasta marzo de 1941, primero en cárceles de Barcelona y después en el campo de concentración «Unamuno», cerca de Madrid.
En cuanto fue puesto en libertad se unió a la resistencia libertaria antifranquista con Josep Sabaté. Urgía conseguir dinero, armas e impresoras para ayudar a los presos y a sus familias. Lo solucionaron atracando varios bancos importantes. Ese mismo año entró en contacto con los servicios secretos británicos que le enseñaron a falsificar documentos que serían utilizados, entre otros, por las Redes de Evasión que funcionaron en la frontera franco-española.
La participación en las Redes de Evasión la contó él mismo en su libro Prisionero de Franco[2].
Cuenta que en 1941 cuando regresó a Barcelona comenzó a trabajar para reorganizar el movimiento anarquista. Los agentes británicos se pusieron en contacto con ellos; les prometieron armas y dinero. La primera noticia se la dio Ginés Urrea Piña, natural de Ramonete. Entendieron que se debía al interés del gobierno británico por acabar con Franco y que recurrían a ellos, los anarquistas, debido a su larga trayectoria en combate. Así lo habían demostrado antes de la Guerra Civil en las calles, contra la patronal, y en los frentes de batalla durante el conflicto. Muchos de ellos, experimentados militantes de la Federación Anarquista Ibérica (FAI), eran buenos conocedores de los Pirineos, lo que los convertía en las personas mejor capacitadas para ayudar a quienes intentaban huir de las garras de Hitler. El camino era de doble dirección permitiendo a muchos antifascistas españoles llegar hasta Francia.
Este fue el contexto en el que los agentes británicos, a través del Consulado Británico de Barcelona, enviaron a un agente experto en falsificaciones, probablemente el mismo que captó a Francisco Ponzán[3]. Miguel aprendió el oficio y se convirtió en especialista, para lo que le resultó de gran utilidad su trabajo, años antes, de aprendiz de tipógrafo. Falsificó todo tipo de documentos oficiales. Fue esta habilidad la que lo puso en contacto con Francisco Sabaté Llopart, “Quico Sabater”, quien le pidió ayuda para poner a salvo a una pareje de judíos perseguidos por la Gestapo. Fueron los primeros de otros muchos judíos, miembros de las Fuerzas Aéreas británicas, partidarios de De Gaulle y combatientes de la Resistencia de todas las nacionalidades.

Sobre el funcionamiento de su grupo en las Redes de Evasión y el rol de Ginés Urrea contaba que:
“Su grupo llevaba a cabo muchas y atrevidas incursiones y la Inteligencia británica lo tenía en gran estima por ser una importante fuente de información -que obtenía a través de robos- sobre los poderes del Eje”[4].
Hay que destacar que “los pasadores” o guías de esta organización no cobraban nada por ayudar a cruzar la frontera, tal y como hacían los contrabandistas, a pesar de que muchos de ellos, menciona especialmente a los judíos, eran ricos y tenían recursos suficientes. Otra cosa era el cobro a los Servicios Británicos por “pasar” a los aviadores de esta nacionalidad, por lo que llegaban a cobrar 1.500 pesetas al mes, como una especie de venganza por la falta de apoyos durante la Guerra Civil.
Miguel continuó con esta actividad, en el interior de España, hasta 1949 año en el que fue detenido dentro de una inmensa redada contra el movimiento libertario. Durante un tiempo estuvo condenado a muerte, pena que le fue conmutada por la de cadena perpetua, permaneciendo cautivo hasta 1969. Al salir de prisión se encontró un país desconocido, muchos de sus camaradas desaparecidos, el movimiento obrero desmantelado y con el miedo en las miradas de aquellos que tenían memoria de lo ocurrido desde el inicio de la dictadura. Decidió entonces trasladarse a Londres. Regresó a España después de la muerte del dictador.
Murió en Londres el 4 de diciembre de 1981.
[1] https://www.facebook.com/100082101412207/posts/el-4-de-diciembre-de-1981-fallece-en-londres-inglaterra-miguel-garc%C3%ADa-garc%C3%ADa-con/831997686213604/
[2] GARCÍA, M.: Prisionero de Franco. Los anarquistas en la lucha contra la dictadura, Ed Anthropos, Barcelona, 2010
[3] Sobre los falsificadores anarquistas: https://www.elsaltodiario.com/ni-cautivos-ni-desarmados/desconocidos-imprescindibles-falsificadores-clandestinidad-libertaria y https://www.elsaltodiario.com/ni-cautivos-ni-desarmados/desconocidos-imprescindibles-seguimos-pista-falsificadores
[4] GARCÍA, M: Opus cit. p. 22